lunes, 2 de abril de 2012

ZAFFARONI, E.: La cuestión criminal (comprimida) fascículo Nº 2

No podemos hablar del poder sin aludir a un aspecto de él: la coerción. Es decir, la amenaza de utilizar la violencia (no solo física sino de cualquier otro tipo) con el objetivo de condicionar el comportamiento de los individuos. En toda sociedad hay poder y coerción, y como en nuestras sociedades modernas poder y coerción están institucionalizados, no se cuestionan. Aunque sí suele discutirse apasionadamente cómo se ejerce la coerción, y de paso proponer modos mas eficaces de ejercerlo. Encontramos que mucha gente opina que habría que ser más rígido con la juventud, no dar tantas oportunidades, que es urgente domarlos con mano dura, que será necesario ejecutar a unos cuantos, etc. Todas medidas muy duras de las que no tendría que estar excluido nadie, excepto... sus propios hijos, claro.

Para empezar, digamos que la humanidad conoció dos tipos de poder coercitivo:

1) el que detiene un proceso lesivo en curso o inminente, que implica una coerción directa (lo que llamamos “poder de policía”). Ejemplo: detener a un tipo que me corre por la calle con un arma;

2) el que repara o restituye cuando alguien causó un daño (de lo que se encarga el Derecho Civil, especialmente). Obliga al condenado, digamos, a reparar el daño que causó.




Pero, ¿qué tiene que ver el poder coercitivo con el poder punitivo al que aludimos antes? Si aquel es antiguo, éste es reciente en la historia; el poder punitivo aparece cuando, ante un hecho denominado “delito”, el poder –el cacique / rey / Estado- dice “el lesionado soy yo” y aparta a la víctima (a la real) que sufrió la lesión. Esto se llama “confiscación de la víctima”. Ahora el conflicto lo resolverá el Estado: casi siempre, encerrando al agresor por un tiempo, para soltarlo cuando el conflicto ya se “secó” –es decir, se olvidó.

Decíamos que no siempre fue así: ¿cómo hacían –y hacen- los pueblos originarios para resolver un conflicto? Hacen trabajar al agresor para reparar-pagar el daño al lesionado, so pena de azotes públicos } … cosa que nosotros los occidentales no hacemos por considerarlo “incivilizado” o bárbaro.

Si se trata de resolver conflictos, el modelo de poder punitivo no resulta: no sólo no restituye a la víctima, sino que la ningunea –y ahí, cancela otros modos de resolución de conflicto favorable al real lesionado-; además, no es tan civilizado si lo miramos bien…




Imaginemos que un alumno rompe un vidrio en la escuela. La directora tiene opciones:

1) convocar a los padres para que repongan los vidrios rotos = modelo reparatorio.

2) enviar al pibe al psicopedagogo = modelo terapéutico.

3) sentarse con los padres y el pibe a buscar una solución = modelo conciliatorio.

Estos tres modelos son no-punitivos. La opción punitiva sería expulsar al pibe del colegio. ¿En qué resulta esta última opción? En que cancela a las otras tres, y además no tiene mayor mérito que el de reforzar la autoridad vertical sobre la comunidad escolar: en definitiva, termina generando temor al poder, pero no soluciona ni evita los conflictos de manera satisfactoria para las partes (para el caso: la comunidad escolar).
El modelo punitivo aparece en la historia cuando las sociedades se vuelven jerárquicas y autoritarias, hasta tomar forma de ejército. Quizá el mayor (y peor) antecedente lo encontremos en el Imperio romano –aquel de la Antigüedad clásica. Se volvió extraordinariamente fuerte y cruel. ¿Qué puede hacer una sociedad cuando se verticaliza hasta obtener o asumir una forma de ejército? ¡Salir a conquistar a otras!... y lo hizo muy rápido: el imperio romano conquistó casi toda Europa.





Son varias las causas por las que cayó el Imperio romano, pero una fundamental es que cuando una sociedad se verticaliza a un punto tal lo normal es que se solidifique hasta inmovilizarse, y así se hace inflexible para adaptarse a nuevas circunstancias, y por lo tanto, vulnerable a nuevos enemigos: llegaron los bárbaros con sus sociedades horizontales, que ocuparon territorios casi caminando, y el poder punitivo romano desapareció casi por completo.

Pero el poder punitivo reaparece en los siglos XII y XIII europeos: otra vez verticalizó a las sociedades; y otra vez se propusieron colonizar el mundo: primero a los islámicos, luego África a la par que América; también Oceanía. En el ámbito interno europeo, el patriarcado fue una de las tendencias que se reforzaron socialmente: los cabos y sargentos de estas sociedades militarizadas obtienen la mayor jerarquía. Se instala el predominio social del pater, bajo cuyo mando quedaron todos los seres inferiores: mujeres, niños, siervos, esclavos, animales domésticos. La historia posterior será más vertiginosa que antes en muchos cambios, pero el poder punitivo no desaparecerá, y las formas que tomará en el transcurso de estos últimos siglos están marcados por esta historia que no se fue: no es que la Edad media vuelve, sino que nunca se ha ido: allí encontramos las raíces de esta feroz persistencia del poder punitivo actual, su función verticalizante, sus tendencias expansivas, sus resultados letales.

Si faltan ejemplos para dejarlo claro, veamos el siguiente: el surgimiento de la Inquisición. Durante la edad Media, el papa desde Roma consigue el poder para contener a todos los que pretendían comunicarse directamente con Dios al margen de su mediación o la de sus dependientes. Para reforzar su poder, establece jurisdicciones, o sea, un cuerpo de jueces propios encargado de perseguir a los revoltosos (o herejes). Ese fue el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición romana, diagramado por teólogos demonólogos (los que estudian a los demonios y los peligros que son capaces de ocasionar, por ejemplo).

Ya habían pasado los tiempos de los juicios de Ordalía o “pruebas de Dios”, consistentes en juegos (o mejor dicho, duelos) en que quien vencía era porque tenía a Dios de su lado, y por lo tanto estaba en la verdad. Allí, los jueces eran meros árbitros que cuidaban que no hubiese fraude. En una segunda etapa de la Edad Media, los jueces de la novedosa Inquisición secuestraron a Dios: ahora Dios no estaba del lado de uno de los contendientes en el conflicto, sino del lado de los inquisidores. La verdad pasó a establecerse por interrogación. Si el imputado no quería declarar, se lo sometía a interrogatorio violento (tortura). Por supuesto que este método se utilizó políticamente (y cada vez más) de oficio: el Papa masacró rápidamente a unos cuantos herejes. Hasta que pronto se quedó sin enemigos… y por tanto, sin trabajo.


El invento de enemigos es muy viejo en la historia. Pero en la institución inquisitorial se buscaron a uno que iba a asegurar pleno empleo eterno: Satán. Las ideas de San Agustín de “la ciudad de dios” versus “la ciudad del diablo” vinieron al pelo para justificar la supuesta inmanencia y aquilatada peligrosidad de este enemigo guerrero universal, que tenía, al parecer, agentes encubiertos por todos lados. La lucha contra Satán y su legión aceitó los mecanismos del poder punitivo dándole una versatilidad pasmosa y un alcance ilimitado. Además, supuso una continuidad de enemigos que mantendrían el fuego de la hoguera siempre avivado: las mujeres –las díscolas, las curanderas- acusadas de hacer pactos con el diablo. Las mujeres se volvieron el vehículo privilegiado del diablo.

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